Hubo un tiempo en que el ser humano sabía lo que era el silencio. No el silencio de la indiferencia, sino el silencio vivo, fértil, cargado de presencia. Era el silencio del amanecer antes de que el mundo comenzara a hablar. Era el silencio de la oración cuando las palabras se agotaban y quedaba solo el alma frente a Dios. Ese silencio ya no existe de manera espontánea. Ha sido sustituido por una capa invisible pero ensordecedora de datos, notificaciones, imágenes, opiniones y urgencias que cubren cada segundo de nuestra vigilia. Y muchas veces, también el sueño.
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