Hay preguntas que las civilizaciones se hacen porque tienen el lujo del tiempo libre y la especulación filosófica, y hay otras que se imponen desde afuera, como tormentas que nadie convocó. La pregunta que este libro intenta explorar pertenece a la segunda categoría. No la elegimos. Llegó con la misma inevitabilidad con que llegaron otras disrupciones técnicas que obligaron a la teología a repensar sus categorías: el heliocentrismo, la evolución darwiniana, la física cuántica. Ahora le toca a la inteligencia artificial. Durante siglos, la doctrina de la imago Dei —la enseñanza de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios— operó dentro de un horizonte relativamente seguro. Podíamos debatir si esa imagen residía en la razón, en la voluntad moral, en la capacidad relacional o en la creatividad, pero nadie cuestionaba seriamente que sólo los seres humanos la portaban. Los animales no. Las piedras no. Las máquinas tampoco. El mundo estaba dividido en dos: lo que lleva la hue
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